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Tabatha, ¡te necesito!

Tabatha, ¡te necesito!Si algo bueno ha traído la TDT es la gran cantidad de canales y su consiguiente variedad de contenidos, entre los que se puede encontrar casi de todo. Algunos dirán que simplemente nos ha traído una mayor pérdida de tiempo, el que pasamos saltando de canal en canal. No es mi intención, por supuesto, hablar de las bondades y los defectos de la TDT. Simplemente quiero analizar un programa que he descubierto recientemente en uno de esos nuevos canales que han aparecido en nuestras pantallas.
Tabatha, ¡te necesito! es una de las mejores aproximaciones prácticas al mundo de la empresa que he podido ver en televisión. Nos acerca a las dificultades, problemas y situaciones a las que un líder de equipo se enfrenta en su día a día. Acudir a un salón de peluquería en apuros, estudiar su situación y trabajar para lograr que el negocio prospere y sea rentable es la “misión” de la estilista Tabatha Coffey, que ejerce de perfecta coach al estilo de lo que la televisión ya nos ha ofrecido en los últimos tiempos y en otros ámbitos (como la famosísima “Supernany” al socorro de padres en apuros, o el no menos famoso César Millan, “el encantador de perros”).

Confieso que sólo he visto un programa de Tabatha, pero en apenas 30 minutos pude ver muchas cosas que se pueden extrapolar a cualquier pequeño negocio o empresa:

-En la primera parte del programa (por lo visto cada semana empieza de igual modo), Tabatha acude al salón de belleza en cuestión para estudiar todos los puntos débiles o aquellos en los que se podría mejorar. Desde la decoración o limpieza del local, hasta el tipo de productos y material utilizado, pasando por supuesto por el trato que se da a los señores clientes. Es decir, se analiza completamente la situación, desde el máximo número de ángulos posible.
El día a día de los salones de belleza, como el de cualquier empresa o negocio, a menudo imposibilita este proceso fundamental: pararse, analizar, observar cómo se están haciendo las cosas. Y, obtenidas las conclusiones, pasar a la acción, “repensar” el negocio para lograr mayores y mejores resultados.

-Reafirmar el rol del líder. Durante el tiempo que Tabatha asesora al centro de belleza en cuestión, ella “toma el mando”. Pero cuando acaba su trabajo, se encarga de que el o la director/a del centro desempeñe su verdadera labor: gestionar, supervisar, motivar, tomar decisiones, repartir el trabajo, ayudar a sus colaboradores. De nuevo, en cualquier empresa o negocio es (demasiado) habitual que el gestor o director se pierda en tareas poco productivas o que pueden delegarse a los colaboradores.

-Repartir las tareas de un modo eficiente (y estudiado). Al igual que demasiado a menudo los directores de una empresa no se dedican a lo que deben, muchos de sus colaboradores no están desempeñando la labor que mejor saben, la que más les motiva o la que mejores resultados puede ofrecer al conjunto. Tabatha ayuda a detectar las capacidades, motivaciones, miedos, objetivos…de cada uno de los colaboradores, y no duda en tomar las decisiones oportunas al respecto: creación de nuevos roles inexistentes en el organigrama del salón de belleza; ascenso para los mejores trabajadores (o todo lo contrario: convertir en “ayudantes” a aquellos trabajadores que aún demuestran inexperiencia, errores u otros factores que se deban pulir). El objetivo, finalmente, es que todos desempeñen correctamente su tarea, que se aprovechen las capacidades de cada uno para favorecer al conjunto.

-Focalizar en el marketing. Tabatha tiene muy claro, y así lo hace saber a los responsables de los negocios que visita, que el marketing es la clave para reflotar y mantener un negocio. Como decía Peter Drucker, la única estrategia para una empresa es focalizar el esfuerzo en el marketing y en la innovación… todo lo demás, son costes.

Pequeñas lecciones que, llevadas a la práctica y con el empuje de una mujer que, además de una referente en su sector demuestra ser también una auténtica líder, son capaces de dar la vuelta a la penosa situación de muchos salones de belleza. Lo dicho: traspasado a cualquier tipo de negocio, las ideas de Tabatha podrían ayudar a muchas pequeñas empresas que necesitan, con urgencia, un “cambio de look” radical.

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Todo proyecto empieza por uno mismo

Ayer compartí con unos clientes este vídeo. Lo envié como una “tarea” más, de las muchas que cualquier empresario o emprendedor debe llevar a cabo. Porque cualquier proyecto, iniciativa, negocio o empresa empieza por uno mismo. Pensar en positivo, tener clara nuestra hoja de ruta y nuestros objetivos… son elementos que debemos tener siempre presentes. En la empresa, y en la vida.
Eso fue lo que les dije a mis clientes. Y eso es lo que quiero compartir con vosotros.

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Rosa García: tres lecciones de liderazgo

A menudo uno encuentra artículos, posts o, como en este caso, entrevistas, a las que hay que añadir poca cosa. Me permito recomendaros esta lectura, que no os robará más de dos minutos, pero de la que se pueden extraer buenas lecciones de lo que debe ser un líder.
Se trata de una entrevista a Rosa García, la que fuera presidenta de Microsoft para España primero y para toda Europa después.

Lección 1: un líder inteligente sabe reconocer personas que también lo son (inteligentes). Que son, en algunos aspectos, superiores a ellos. ¿Y qué hace un buen líder ante esto? Pues simplemente hace todo lo posible para lograr que esas personas trabajen en su equipo.

Lección 2: un líder es, no lo olvidemos, una persona como cualquier otra. Tiene una vida, una familia, unos valores, unas prioridades. Y un tiempo limitado, como los demás. Y debe saber compaginar vida personal y profesional. Y tener claro que, si una y otra no son compatibles, es necesario buscar nuevos caminos.

Lección 3: Un buen líder debe tener seguridad en si mismo, pero sin caer nunca en la arrogancia. Rosa García afirma que “a la gente arrogante no le gusta relacionarse con otras personas porque creen que no le aportan nada”.

Dos minutos de lectura, y tiempo para la reflexión. Si queréis más, por cierto, la podéis encontrar en Twitter.

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Pensar que podemos hacer las cosas mejor es el primer paso hacia la innovación

Pita Reloj MecánicoQue levante la mano quien no utilice, siempre o casi siempre, su móvil para mirar la hora. Que levante la mano quien, sentado en su despacho, no compruebe en la esquina inferior derecha de su pantalla en qué momento de la jornada se encuentra.
Los relojes ya no son algo necesario. Dejaron de serlo hace mucho. Así que, ante un mercado, un negocio absolutamente maduro, la innovación es la única salida viable.

Ese camino de la innovación es el que han seguido Aniceto Jiménez Pita y su hijo Daniel. Ellos dirigen Pita, una pequeña empresa barcelonesa que se ha hecho famosa en medio mundo gracias a su capacidad para hacer las cosas de manera diferente.
Podéis ver este vídeo de la intervención de padre e hijo en TED, o leer este artículo publicado en La Vanguardia donde nos cuentan su historia.

Los he conocido recientemente a través de Internet, y me ha parecido interesante destacar su ejemplo para muchos emprendedores. Aniceto empezó arreglando relojes, pues esa era su pasión, y pasaron años hasta que se decidió a mostrar sus propias creaciones. Sin miedo, un día se plantó en Suiza para mostrar una de sus innovaciones a la Académie Horlogère des Créateurs Independants, una elitista asociación formada por una treintena de relojeros artistas de 15 nacionalidades. Desde 2007, Aniceto se convirtió en el único español dentro de este círculo.

Y es que su innovación (eliminar la puesta en hora utilizando una corona) se “atrevía” con algo que los relojeros habían mantenido durante 150 años. A menudo, la tradición, lo que conocemos, aquello que se ha hecho “siempre así”, no nos permite avanzar. Pararse a pensar, por un segundo, que tal vez podamos hacer las cosas mejor es el primer paso hacia la innovación.

Parte del éxito de Pita radica también en saber escuchar. Conocidos en distintos foros relojeros de Internet, Aniceto y su hijo apostaron por dejar a sus “seguidores” que diseñaran un reloj especial, único, del que apenas se crearon 50 unidades. La gente de los foros participó del diseño, implicándose con el producto, con la marca. La viralidad de la red hizo el resto, recibiendo peticiones de ese mismo modelo desde EEUU, Japón… sin haberlo publicitado en ningún sitio.

Un elemento más: Aniceto es el “artista”, relojero autodidacta de toda la vida. Pero su hijo, Daniel, aporta un esfuerzo extra al negocio: se formó en el extranjero, conoció otros ámbitos, otros sectores, y, tal vez vivir esas experiencias, muy alejadas del pequeño taller de su padre, le ayudó a detectar oportunidades, y a pensar cómo podría aplicarlas al mundo de la relojería.

Son sólo dos personas. Un pequeño taller. Pero sus creaciones han llegado a ferias de París, Suiza, Tokio, Nueva York. Han hablado de ellos en el New York Times, han aparecido en libros y revistas en medio mundo. Un ejemplo, sin duda, de actitud emprendedora e innovadora, y de cómo “lograr que las cosas pasen”.

Podéis encontrarles, por cierto, en Twitter, en Facebook y en Yotube.

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INDIGNÉMONOS PERO CAMBIEMOS DE PARADIGMA EMPRESARIAL

Nos toca vivir un periodo muy complejo que genera mucha indignación. Un periodo en el que la mayoría de la gente se encuentra, también, desorientada, perdida, confundida. Lo mismo nos pasa a los empresarios y directivos, ya que de golpe se han puesto en cuestión toda una serie de creencias y una manera de hacer, lo cuál nos haría suspender un hipotético examen, ya que “cuando habíamos aprendido las respuestas, nos han cambiado las preguntas”.

Desde la vertiente empresarial, aunque nos lo pone mucho más difícil, lo debemos interpretar como una gran oportunidad “haciendo y pensando cosas diferentes, para conseguir resultados diferentes”. A diferencia de la situación de confort anterior, hoy para sobrevivir debemos poner en cuestión todos nuestros paradigmas de gestión de empresa, para cambiar radicalmente, haciendo entrar aire fresco (el “openmind” anglosajón) con nuevos conocimientos, nuevos valores y la tecnología necesaria para hacer posible que al señor cliente le aportemos verdaderamente VALOR y sea el centro de todo y de todos.

Este nuevo paradigma, de manera muy similar a lo que reclaman los indignados, no tiene, en esencia, nada extraordinario: las personas, siempre, deben ser lo más importante, el centro de todo. Si la política y la economía deben poner el foco en las personas, en sus necesidades, en sus derechos, una empresa debe hacer exactamente lo mismo, valorando por encima de todo a los señores clientes a través de sus colaboradores. Y para llegar a este nuevo escenario hay que tener en cuenta tres conceptos fundamentales:

Aquello que yo no puedo cambiar
Aquello que sí soy capaz de hacer respecto de mis responsabilidades
Y aquello que debo hacer para “conseguir que las cosas pasen”

Indignémonos por lo que está pasando, por los Bancos y su política restrictiva; apoyemos, si estamos de acuerdo, a aquella gente que apuesta por un cambio, que tiene iniciativas reales, ganas de mejorar y de luchar por un bien común. Pero, atención: nuestro tiempo es oro, y priorizar las energías reales y emocionales es la primera clave para salir de esta situación. Así que dediquemos los máximos esfuerzos y recursos a pensar, concretar y visualizar la hoja de ruta de nuestras empresas.

Apostemos por la practicidad y la acción, y no dediquemos más tiempo del necesario a preocuparnos por aquello que, nosotros solos, no podemos cambiar. No perdamos de vista que, en época de crisis, el corto plazo debe estar siempre en nuestra mente, pero siempre alineado con una visión de futuro, generado esfuerzos, decisiones y acciones para garantizar el primer nivel de objetivo que es la SUPERVIVENCIA.

Esto liga con el segundo punto: ¿qué es lo que realmente puedo hacer yo mismo? Aunque pueda parecer contradictorio con lo que se acaba de exponer, no debemos olvidar otra máxima que dice “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia…”. Por favor, ya está bien de buscar responsables fuera de las empresas. Insisto: muchos directivos, empresarios, emprendedores, se quejan, y con razón, de los bancos, de las administraciones, del poco apoyo, de la falta de implicación. Tienen razón, sí, nadie lo discute. Pero, de nuevo, el tiempo es oro: mientras nos quejamos y buscamos responsables, no somos capaces de cambiar desde dentro, de empezar por uno mismo.

¿Cuántas empresas, grandes y pequeñas, no son capaces de ir más allá de lo que han hecho “toda la vida”, de salir de su zona de confort?; ¿cuántos directivos no son capaces de buscar nuevos modelos de actuación, ni nuevos modelos de negocio, ni contemplar alianzas incluso con sus competidores, ni de entender que se debe hacer un esfuerzo por aprender nuevas lenguas, ni apostar por contratar colaboradores potentes, incluso mejores que ellos mismos, que puedan aportar nuevas idees, ni de importar conceptos ya trabajados en otros sectores…? Todo esto lo debe hacer la Dirección de la empresa, y, con el tiempo que le sobre, quejarse de los bancos, de los políticos y de lo que quieran. Pero nunca antes de ponerse a trabajar duro, que es lo que toca.

Alguien en la empresa debe visualizar un nuevo camino, una nueva manera de hacer, una nueva manera de relacionarnos con los señores clientes, una nueva manera de escucharlos, una nueva manera de tener un diálogo con nuestros colaboradores, una nueva manera de reconocer el esfuerzo de los buenos colaboradores. Ya no basta con tener sólo objetivos, y esos los que los tengan (un amigo mío, gurú de la publicidad, dice que tener objetivos “es vulgar…”), si no que hay que tener pasión y compromiso, y buscar estos elementos, que son los que verdaderamente marcan la diferencia, en todos nuestros colaboradores. Por eso, la Dirección, y nadie más, debe dejar de fomentar un trabajo mecánico, un trabajo que hace que la gente se deje la imaginación en casa. La Dirección, y nadie más, debe crear “espacios de diálogo” para buscar el compromiso, ideas nuevas, para experimentar, y sobre todo para conseguir que ir a trabajar se pueda hacer con PASIÓN.

Nos tenemos que poner las pilas y ser los primeros en dar un vuelco y repensar la manera de actuar, de dirigir. Debemos cambiar radicalmente, o acabaremos pagando un peaje altísimo; de hecho, ya lo estamos pagando, ya que está clarísimo que nada volverá a ser como antes: ni los bancos, ni la distribución, ni la manera de consumir de los ciudadanos, nada. Alguien, en cada empresa, debe poner las cosas claras sobre la mesa, ponerse la mochila en la espalda, por mucho que pese, y liderar el nuevo camino. Y si no lo hacen los que tienen el poder, ya me diréis quién lo hará…

Y vamos con el tercer elemento: ¿qué debo hacer para lograr “que las cosas pasen”? Hace unos días leí en un diario que un empresario explicaba cómo había dado un giro radical a su negocio, apostando por más información, introduciendo nuevas ideas para mejorar el clima laboral y para reducir el estrés, haciendo sesiones de coaching, creando una nueva estructura de la red de ventas, modificando los roles dentro de la organización, variando los procesos… Y, aún así, el empresario veía que no obtenía resultados. Y no lo entendía. La explicación que podemos encontrar en estos casos es que una cosa es el rol, y otra bien distinta, la persona. Y a los empresarios no nos ha de interesar el compromiso “del rol”, sino el de la persona. Aquí marcaremos el punto de inflexión. Este es el gran reto. Las personas deben ser la primera gran diferenciación en la relación con el cliente, externo e interno. El caso contrario es el de aquellas personas que tienen la ISO sólo “de puertas hacia fuera”, y que de hecho ni creen en aquello que hacen, y así les va…

Por tanto, no podremos innovar, hacer cosas diferentes, ir más allá en la relación con los clientes o encontrar oportunidades de modelo de negocio si no logramos el talento de nuestra gente ni somos capaces de dar la confianza necesaria para crear todos juntos la nueva hoja de ruta que, para comenzar, debe perseguir una relación excepcionalmente excelente con el señor cliente. Y esto empieza por uno mismo.

Indignémonos, de acuerdo. Pero, ¿y si, en vez de dedicar tanto tiempo a pensar en los grandes problemas, los de la política, los de la macroeconomía, nos paramos un momento a pensar en lo pequeños que somos? ¿Y si pensamos que, cada día, pese a los problemas, la crisis, las dificultades, el mundo empieza de nuevo, se abren nuevas oportunidades, y si pensamos que casi todo está por hacer, que aquello tan difícil que vivimos no es nada en este mundo enorme y global?

Indignémonos, de acuerdo, pero pensemos y trabajemos en la microeconomía, hagamos cosas diferentes, busquemos alianzas, pongamos en valor el talento y el conocimiento de nuestras empresas, escuchemos al señor cliente, miremos el mundo pero sobre todo prioricemos nuestro tiempo para comenzar a cambiar lo que está en nuestras manos, a cambiar nosotros mismos. Y, entre tanta indignación, entre tanta crisis y tantos problemas, recordemos sobre todo y de manera permanente que todavía está todo por hacer y por descubrir y que este mundo tan grande (porque hay vida más allá de España), está a nuestra disposición si nos atrevemos a salir de nuestra área de confort.

Finalmente hay que recordar que las empresas que verdaderamente ofrecen VALOR AL SEÑOR CLIENTE, cuentan con personal comprometido y tienen el modelo de negocio que toca, tienen muchos menos problemas para superar la crisis y dedican sus energías y prioridades a pensar estratégicamente, buscan nuevas oportunidades, redirigen sus acciones hacia las zonas emergentes y la internacionalización; en definitiva: trabajan para reforzar y hacer sostenible su empresa.

El mundo está lleno de oportunidades, y sólo sabremos identificarlas si cambiamos nuestros paradigmas, en caso contrario siempre encontraremos enemigos externos que nos permitirán justificar nuestra mediocridad.

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El líder del futuro (… o, más bien, del presente)

Por primera vez vivimos un momento histórico en el que se genera más información (mucha más) de la que se puede absorber, gestionar; los cambios se producen a un ritmo más rápido (mucho más) de lo que somos capaces de seguir… ¿qué hacemos?
Está claro: cambiar. El Management, tal y como lo conocemos, no es capaz de resolver los nuevos retos, así que es necesario repensar la empresa, los negocios, y el modo en el que los dirigimos.
En esta interesante presentación de José Cabrera se encuentran algunas claves a tener en cuenta. Lo primero que destaca es que “compartir genera valor”: la transparencia y la confianza llevan a la participación, a la colaboración. Y con esta, se toman mejores (y más rápidas) decisiones, se logran soluciones más creativas e innovadoras y se genera un mayor aprendizaje colectivo.
Otro concepto importante es el de entender que el verdadero valor añadido lo marcan las personas. Personas que aportan valor, creatividad, iniciativa.
Cabrera habla de una “Era de la Colaboración”, y del nuevo estilo de liderazgo que ésta trae de la mano. Un liderazgo en el que es importante comprender a los demás, conectar emocionalmente y desarrollar relaciones win to win. Para lograrlo, debemos salir de nuestra área de confort y empezar a cambiar: innovando en la manera de comunicar (comunicación más abierta, participativa), innovando en la gestión (buscar organizaciones que sean más ágiles, abiertas a la innovación, transparentes)….
Y cambiando, en definitiva, uno mismo. Porque, aunque nos debamos esforzar por preservar lo mejor de nosotros mismos, todos debemos adaptarnos y adquirir nuevas habilidades para desenvolvernos en este entorno de cambio constante.

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Innovación 2.0

Una de las grandes ventajas de Internet es que el contenido siempre queda. Y que uno puede acudir a rescatarlo cuando lo necesita. Saberlo buscar requiere de ciertas habilidades digitales, cierto, pero entraríamos ahí en un tema complejo y que hoy no nos ocupa… Hoy simplemente quiero compartir un contenido ya algo antiguo pero que mantiene gran parte de su vigencia. Una presentación de Amalio Rey que nos ubica no sólo en el ámbito del llamado “2.0”, sino que, y sobre todo, nos sugiere algo que aún muchos negocios no han sabido entender: el mundo ha cambiado, los clientes han cambiado, la tecnología, la economía, las relaciones han cambiado… y el único camino posible para cualquier empresa es adaptarse e innovar.

De “Innovación 2.0” habla esta presentación, y lo hace utilizando numerosos conceptos e ideas con los que estoy de acuerdo: por ejemplo, que para innovar es necesario contar con un modelo, ordenado y sistematizado, con una “hoja de ruta”; o por ejemplo, que cometer errores es una parte natural (y fundamental, diría) en el proceso de innovación; o la importancia de centrarse en lo “genuino”, que se refleja sobre todo en el hecho de poner a las personas en el centro de los procesos de innovación.

Utilizo en mis seminarios muchas otras ideas aquí expuestas, como la relevancia de fidelizar primero a los empleados (cosa de la que casi nadie habla…) y después a los clientes, o la “ley de la generosidad” (recibe más quién más da…), o lo bueno de aprovechar las fuentes externas para innovar más y mejor (como suelo decir en mis seminarios, hay que “mirar el mundo”).

Sin duda, un completo documento que, como decía, aunque ya es algo antiguo (en los tiempos que vivimos, algo que apenas tiene 2 años se califica ya con este término…) mantiene una gran vigencia y cuyas ideas son absolutamente desconocidas (lamentablemente) para muchos de nuestros empresarios.

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Innovar es una actitud

El pasado 2 de junio tuve el placer de participar en la Conferencia Europea de la Jove Cambra Internacional celebrada en Tarragona.
Bajo el título “To Innovate is an Attitude”, analicé como, en estos momentos de cambio, debemos encontrar lo mejor de nosotros mismos para identificar las “teclas” que nos permitirán construir modelos de negocio diferentes. Modelos que ofrezcan una percepción de VALOR para el señor cliente y en los que nos relacionemos de un modo distinto con nuestros colaboradores, haciendo posible que éstos sean verdaderamente la primera y más potente diferenciación de nuestros negocios.
Podéis ver el video de la intervención completa en la web del congreso.

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Las claves para convertir una Idea en Negocio

Charles Dickens decía que el hombre nunca sabe de qué es capaz hasta que lo intenta. Gran verdad, demostrada una infinidad de veces cuando alguien desea iniciar un proyecto, ya sea por cuenta propia como dentro de una empresa u organización. Nosotros mismos somos nuestra primera y mayor limitación. La experiencia, la educación, el entorno, los éxitos y fracasos han ido configurando nuestro marco, modelo de actuación y visión de la vida, muy útil en entornos estables pero que limita extraordinariamente nuestra capacidad para ir más allá de nuestro propio pensamiento.
Tanto los emprendedores que afrontan una nueva actividad por cuenta propia como los intraemprendedores, que hacen exactamente lo mismo pero desde el interior de una organización, deben superar esta primera barrera y atacar después tres grandes ejes: el valor que su idea puede aportar, el modelo de su negocio, y, finalmente, la cuantificación, la medida de aquello que se emprende. Vamos paso a paso…

Insisto: lo primero a tener en cuenta para pasar de una idea a un proyecto tangible es uno mismo. Yo soy mi primer enemigo, la primera limitación que vencer. Y para superarla, a menudo es necesario buscar ayuda. Hay que encontrar profesionales “alineados” que nos ayuden en la puesta en práctica de nuestro modelo, con la humildad necesaria para entender que las alianzas son una buena fuente para progresar e ir más allá. Contar o no con ayuda, no obstante, no nos debe hacer perder, nunca, la visión de aquello que queremos emprender: todo empieza teniendo claro donde estamos y visualizando donde queremos llegar. Y en este primer momento, cuando nos enfrontamos a las primeras barreras, es necesario también tener presente que la vida personal y la profesional del emprendedor corren el riesgo, a menudo, de convertirse en una sola. De nuevo, la experiencia, la educación recibida, el entorno conocido, los éxitos y fracasos de uno mismo serán la clave para afrontar esta decisión estratégica fundamental: cuál debe ser la separación de la parte personal y profesional, a qué nivel deseamos separarlas o integrarlas. En definitiva: como conjugamos las dos realidades.

Superada la primera barrera para poner en práctica nuestra idea, nos encontramos con aquello que realmente es la esencia de cualquier proyecto emprendedor: el señor cliente. Mejor: el valor que queremos (y podemos) darle al señor cliente. Una cosa debe estar clara: el gran objetivo de un proyecto no puede ser nunca ganar dinero, si no ganar clientes. Este es el objetivo, de acuerdo, pero, ¿cuál es el verdadero reto? El reto no es conseguir un cliente, y otro, y otro más, sumando y sumando sin ningún sentido. El reto (difícil, no cabe duda) es superar las expectativas de cada uno de ellos. Y la manera, la única manera sostenible de lograrlo, es empatizar con “el otro”, entendiendo por “el otro” no sólo al propio cliente si no también a los colaboradores que harán posible nuestra primera gran diferenciación. Y aquí nos encontramos con una nueva barrera, grande, y que es “marca de la casa” (lamentablemente) de buena parte de nuestro tejido empresarial. Muchas ideas de negocio son diferentes, aportan valor, empatizan con el señor cliente, tienen claro que la apuesta es superar sus expectativas… pero no lo saben comunicar. Potenciar el marketing y la comunicación es la única vía para lograr que este valor real, diferencial, sea también percibido. No podemos olvidar que la realidad es la percepción del otro, y que el mercado no se basa en una guerra de productos o de servicios, si no mucho más de percepciones.

Si hemos superado nuestras propias limitaciones, si tenemos claro cuál es el valor que podemos aportar, y si hacemos una apuesta firme y decidida para dar a conocer aquello que ofrecemos al señor cliente, estamos un poco más cerca de pasar de la idea al negocio. Pero… todavía quedan un par de pasos más, fundamentales. El primero: definir el modelo de negocio. El segundo: marcar claramente nuestros objetivos.
Vamos con el primero: una buena idea lo es solamente en la medida en que se trabaje y se construya el modelo de negocio adecuado para hacer posible el éxito. Hay que revisar todos los conceptos: las relaciones que tenemos y queremos tener con todos los actores (proveedores, colaboradores), la estructura de la que disponemos, el cómo y de qué manera hablamos y escuchamos al señor cliente… Mucho trabajo que, al final, nos debe proporcionar unos objetivos, unas metas que deben ser la razón de ser del proyecto. Recordemos que no nos debemos basar en ganar dinero, si no clientes… Pero atención, esto no nos debe hacer olvidar que las facturas, a final de mes, se pagan con euros. Todo proyecto necesita tanto objetivos cuantitativos como cualitativos, y se deben preparar proyecciones económicas, teniendo en cuenta las inversiones en inmovilizado y circulante, el modelo de negocio, el cliente objetivo, y relacionando el “valor” con las variables que nos permitirán hacer visible la primera gran meta: lograr el punto muerto o umbral de rentabilidad, aquél punto donde nuestra idea, nuestro proyecto, dejará de tener pérdidas para pasar a generar beneficios. Después, claro, llegará el momento de determinar cómo procuraremos hacer sostenible el proyecto.
Pero este punto ya es demasiado avanzado, y no llegaremos nunca si no tenemos presentes las claves ya comentadas: superar nuestras propias limitaciones, tener claro el valor que nuestra idea puede aportar al señor cliente, detallar un modelo de negocio y tener siempre en mente la cuantificación, las medidas cuantitativas y cualitativas. Y, de nuevo, pensar que muy probablemente no podremos iniciar solos el camino, que necesitaremos unos colaboradores alineados y comprometidos, hecho que sólo conseguiremos con un nuevo tipo de liderazgo. Un nuevo estilo en el que la misión del líder no será otra que lograr que “las cosas pasen”, a través de una vía de trabajo dirigida a aumentar la pasión, el compromiso y la imaginación de las personas que forman el equipo, ayudándolas a eliminar cualquier barrera para que consigan sus propios objetivos alineados con la estrategia del proyecto. Un proyecto, una idea, que, cumpliendo todos los puntos, incluido este marco de relación con los colaboradores, reunirá todos los requisitos para convertirse en negocio.

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Las dificultades de emprender

“Emprender es invertir en tu idea e ir creyendo en ella hasta que, poco a poco, le vas dando forma”. Una buena descripción de uno de los muchos emprendedores que aparecen en este interesante video de Emprendedores TV.
Conseguir financiación, falta de experiencia previa en el mundo empresarial, escaso apoyo y sensibilidad real por parte de la administración en el caso del emprendedor social, falta de recursos, de avales, de activos, de subvenciones… y es que para el que decide emprender, al final, sólo hay un aval válido: su propio proyecto.
Buenos ejemplos los que podemos ver en este video, que nos sirven para darnos cuenta que los grandes empresarios de nuestro país también han pasado por todas esas dificultades con las que se encuentra cualquier emprendedor. Félix Tena de Imaginarium, Cristóbal Colón de La Fageda, Jesús Encinar de Idealista o Ferran Adrià son sólo algunos de los muchos ejemplos que podemos ver.

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